Una confesión inesperada.
Eran las 6:22 p.m. del 18 de febrero de 2025 cuando James H. me mandó un mensaje con cierta aflicción —una de esas revelaciones que no se hacen en voz alta, pero que encuentran en el texto breve del celular su mejor escondite: “I think I’m a Trumper” (Creo que soy un Trumper). Dos días antes, James iba a asistir al funeral de un amigo de su familia en Arkansas, donde tenía la esperanza de encontrarse con un senador republicano. Me dijo que estaba emocionado, que sería una gran oportunidad para conectar con él en caso de que lo viera. Le pregunté, casi por reflejo, sobre la afiliación política del senador, y con cierta molestia me respondió: “Why are you asking that? I think that is not important” (¿Por qué me preguntas eso? Creo que eso no es importante). No dije nada. Guardé silencio y asentí, como quien toma nota de un dato incómodo para otro momento. Siempre me ha parecido molesta la tibieza política. Esa falsa neutralidad que teme ser juzgada por revelar sus verdaderos colores. Pero esa tarde yo también callé. Estaba saliendo con James y la relación era tan frágil que cualquier pleito me parecía un riesgo.
En ese mensaje del 18 de febrero, le pregunté a qué se refería con ser un Trumper, y me respondió que, cuando hablaba con su madre sobre temas sociales y económicos, a veces se sorprendía pensando: “Wow, they have some valid points!” (Wow, ellos tienen puntos válidos!). No era la primera vez que me expresaba comentarios así. Durante las campañas de 2024, le pregunté qué opinaba sobre las elecciones y los candidatos, y me dijo: “You know, people don’t like Trump for a lot of what they say, but I think people are too emotional. I think the American economy would benefit from him” (Sabes, la gente no quiere mucho a Trump por muchas cosas de lo que dicen, pero creo que la gente es muy emocional. Yo creo que la economía americana se beneficiaría de él). Le pregunté sobre un amigo que tiene cuyo estatus estaba en un limbo entre la ilegalidad y la residencia, y me dijo: “You know, it might not be great for Bob socially, but his business is going to grow. He’ll see” (Sabes, es posible que a Bob no le convenga tanto socialmente, pero su negocio va a crecer. Ya lo verá).
Comprendiendo un país: una sociedad.
Durante mucho tiempo intenté comprender a James. Leí algunos de los libros de autoayuda empresarial que me recomendaba, y una y otra vez encontraba las mismas fórmulas: reglas de eficiencia, hábitos de éxito, analogías entre lo personal y lo empresarial. Había ahí un sistema de creencias que iba más allá de los libros. En su momento me encontré con el libro The Twilight of American Culture de Morris Berman y comprendí un poco más ese sistema de creencias. Berman describe a la sociedad americana como una sociedad donde el pensamiento crítico ha sido sustituido por fórmulas de éxito rápido, donde el consumo se convierte en ideología y donde el antiintelectualismo se disfraza de sentido común.
Entender a una sociedad no es tarea sencilla y puede hacerse desde diferentes ángulos. Algunos creen que basta con vivir ahí. Para mí, vivir en un país es solo una parte. Hay otras formas de comprenderlo: a través del arte —su literatura, su cine, su televisión (aunque Hollywood proyecte una idea hipertrofiada del poder estadounidense)—; a través de estudios académicos, sociológicos y psicológicos como los de Berman; y, quizás lo más urgente, a través del periodismo, las crónicas, los noticieros. Porque en los márgenes de lo cotidiano —en los chats, en los silencios incómodos, en las frases heredadas— también se escribe la historia.
La dicotomía que encontraba en James me parecía fascinante, pues era la misma dicotomía que veía en la sociedad americana como un espectador que mira en medio del ojo del huracán. James, con su mezcla de ideas liberales y conservadoras, encarna esa complejidad que Cristina Olea describe en La gran fractura americana. En él coexisten muchos de los aspectos del progresismo estadounidense, pero también gran parte del ideario conservador. Es, al final, un reflejo de la polarización que Olea documenta: un país donde el “ciudadano promedio” puede defender la libertad individual mientras apoya políticas migratorias restrictivas; donde se invoca la Constitución en defensa del emprendimiento, pero también para negar el acceso universal a la salud.
Pero James no es una excepción. Episodios como ese son apenas una muestra de una fractura mucho más profunda que atraviesa el tejido social estadounidense: una convivencia tensa entre valores aparentemente opuestos que, sin embargo, coexisten en el discurso cotidiano. Fue precisamente esa contradicción latente —entre libertad y control, entre progreso y nostalgia, entre éxito individual y desigualdad estructural— la que encontré retratada con claridad en La gran fractura americana, de Cristina Olea.
Fue ahí donde el periodismo se volvió indispensable. Necesitaba comprender esa fractura no solo a través de vivencias personales o intuiciones sociológicas, sino desde una mirada más amplia, más documentada. La gran fractura americana, de Cristina Olea, llegó en ese momento como una guía lúcida para entender el paisaje emocional, ideológico y político de un país en tensión constante consigo mismo.
La gran fractura americana.
La gran fractura americana es una crónica periodística que retrata con precisión quirúrgica el estado de polarización que atraviesa Estados Unidos. Cristina Olea, corresponsal de TVE en Washington, construye este relato a partir de una selección de historias humanas, análisis históricos, datos sociales y momentos clave de la política reciente. A lo largo de sus catorce capítulos, desfilan ciudadanos tan diversos como lo es el país mismo: veteranos de guerra y activistas, pastores evangelistas y defensores del medio ambiente, jóvenes desencantados y nostálgicos del “American Dream” (sueño americano). Uno de los hilos centrales es la tensión constante entre dos concepciones enfrentadas de nación. Para los votantes republicanos, Estados Unidos representa la libertad —de expresión, religiosa, de portar armas—; para muchos demócratas, es la diversidad, la equidad, un proyecto inacabado de justicia social. A medida que se avanza en la lectura, uno empieza a notar que el país no solo está dividido: parece vivir en dos relatos simultáneos que se cruzan sin tocarse, como si compartieran territorio pero no lenguaje.
El libro recorre algunas de las grietas más profundas de la sociedad estadounidense: la tensión entre libertad y equidad, el legado aún presente de la esclavitud, la violencia armada convertida en rutina, la crisis de los opioides como síntoma de un sistema de salud colapsado, y una Corte Suprema que, con su giro ultraconservador, ha desmantelado derechos que parecían inamovibles. A través de historias personales, datos demoledores y análisis agudos, Olea muestra cómo en Estados Unidos conviven simultáneamente la nostalgia por una grandeza perdida y el miedo al otro —al migrante, al progresista, al pobre—, en una guerra cultural donde las armas son literales y los discursos, incendiarios. Trump aparece, claro, como figura central: imputado (indicted), idolatrado, temido, caricaturizado y aún así, capaz de catalizar el descontento de millones. Frente a él, un Biden envejecido que prometía reconciliación, pero que lidia con una ciudadanía tan polarizada que ya no cree que el país sobreviva si el otro bando gana. A su lado, Kamala Harris, cuya figura emergió como símbolo de diversidad y renovación —primera mujer, primera persona negra y de ascendencia asiática en la vicepresidencia—, pero cuyo papel ha sido muchas veces opacado, ya sea por la maquinaria política o por una narrativa mediática que no termina de darle voz propia. Olea recoge también esa ambigüedad: la esperanza que encarna Harris, y al mismo tiempo, el peso simbólico que carga sin que siempre se traduzca en presencia real. La gran fractura americana no ofrece un consuelo fácil, pero sí una radiografía incómoda de un país que, mientras busca redimirse, sigue desangrándose por dentro.
¿Y cómo te hace sentir eso?
“And how do you feel about that?” (¿Y cómo te hace sentir eso?) —le pregunté a James tras la revelación de su mensaje. “Conflicted. But also like I’m a reasonable person. But that I can’t talk to anyone logically about my feelings because it’s so emotionally charged” (Confundido. Pero también como si fuera una persona razonable. Pero siento que no puedo hablar lógicamente con nadie sobre lo que pienso porque todo es demasiado emocional). Semanas después, dejó de hablar conmigo. No por nuestras diferencias políticas, sino por su retirada silenciosa: un exilio voluntario ante la falta de disposición al trabajo emocional que selló el fin de la relación. Lógico, supongo.
Aun así, su frase quedó resonando. Esa supuesta imposibilidad de hablar “lógicamente” sobre lo político sin que todo se vuelva emocional es, quizá, uno de los síntomas más nítidos de la fractura que describe Cristina Olea: un país donde el desacuerdo se ha vuelto insoportable, donde el diálogo ha sido reemplazado por trincheras y donde incluso los matices son vistos como amenazas. En ese terreno, no solo se disputan ideas; también se redefine quién tiene derecho a formar parte de la conversación.




Leave a comment