Roto: Crónica de un desamor anunciado

El desamor en tiempos del COVID19:  Ayuda, socorro, no puedo respirar, tengo el corazón roto, pero nadie se acerque si no se ha hecho la prueba antes.

2020 fue uno de los años más desastrosos para la humanidad. La pandemia del SARS-CoV-2 se extendió por cada rincón del planeta: desde las avenidas desiertas de Nueva York hasta los callejones empedrados de San Juan Guichicovi, Oaxaca. Las recomendaciones de las autoridades, locales y globales, resonaban como un mantra universal: quédate en casa, solo sal si es necesario. Y así, la humanidad se enfrentó a un enemigo invisible con solo un escudo de papel higiénico y una espada de gel antibacterial.

Las actividades laborales se pausaron, los romances también. Las parejas se refugiaron en la intimidad forzada de cuatro paredes, y muchos descubrieron que el amor, como el papel de baño, tiene sus límites. Algunas relaciones dieron el paso definitivo para vivir juntos; otras simplemente dieron un paso atrás: “lo retomamos en unos días, ya que pase el virus”.

No hay veneno más efectivo para una relación que el encierro 24/7 con la persona que amas, en medio de una pandemia global sin fecha de caducidad. Los divorcios se dispararon, las rupturas florecieron, y la violencia doméstica alcanzó picos históricos, dejando claro que, en la cuarentena, no solo los pulmones sufrían la falta de oxígeno.

Safaera de Bad Bunny inundaba las redes sociales. Los bailes de TikTok se hacían virales. Zoom se convertía en la sala de juntas y el salón de fiestas improvisado para la reunión con amigos: “te conectas a las 8, porque si llegas tarde me voy a la sala”. Declaraciones de amor y desamor por WhatApp: Lo siento, no eres tú, soy yo… o la crisis económica, o el fin del mundo, no lo sé, lo único que sé es que ya no te quiero”. Abrazos virtuales, emojis con lágrimas, YHLQMDLG sonando de fondo, videollamadas interrumpidas por conexiones inestables. ¿Quién iba a decir que la distancia social no solo se podía medir en metros, sino también en gigabytes?

En Roto: el desamor como un fenómeno emocional y biológico, Ginnette Paris afirma que el estrés provocado por un corazón roto es comparable al que sufre alguien sometido a tortura. Quien es dejado atrás queda desorientado, como si hubiera perdido el mapa de su vida, ese en el que la brújula siempre apuntaba hacia el ser amado. El primer paso para sanar es reencontrarnos en ese mapa. Pero, ¿de qué mapa hablamos?

Según Paris, las artes —la música, el cine, la literatura y la poesía— nos ofrecen innumerables mapas para recorrer los laberintos del desamor. Solo necesitamos aprender a leer sus señales: esos faros emocionales que nos guían y consuelan, envueltos en acordes, versos o escenas que, al resonar en nosotros, parecen haber sido creados para narrar nuestra propia herida.

Pero olvidaste una final instrucción, porque aún no sé cómo vivir sin tu amor.

La primera vez que me rompieron el corazón fue en pleno encierro del 2020. ¿Cómo lidiar con la soledad entre cuatro paredes? Fácil, no se lidia. ¿Cómo llorar si toda la familia escucha? Con maestría, entre silencios estratégicos y falsas alergias estacionales.

No había bares para el desahogo melodramático con amigos, ni viajes para ‘encontrarse a uno mismo’. Solo el sillón de la sala, ascendido a diván psicoanalítico improvisado, donde se lloraba en silencio entre reuniones virtuales y maratones de Netflix que, dicho sea de paso, no curan el desamor, pero al menos anestesian.

La música fue mi brújula y también mi cómplice.

Es 2025 y sigo reconstruyendo los escombros de un corazón que parece tener más vidas que un gato callejero. No es la misma persona quien lo rompe, ni el dolor se parece al del 2020, pero las canciones que empezaron en aquel encierro siguen acompañándome, recordándome que la tristeza siempre encuentra nuevas formas de reinventarse.

Mi playlist Dolidas para llorar y superar no solo es una prueba irrefutable de mi pésimo gusto musical, sino también un archivo histórico de todas las veces que he llorado por alguien que, en algún momento amé. Hasta ahora esta suma 515 canciones, traducidas en 28 horas con 56 minutos de subidas y bajadas emocionales. 

Cada canción se amolda a una memoria, un eco de las tribulaciones que dejó aquella relación. Es un repertorio de afectos contrariados, donde los buenos deseos se deslizan entre dientes apretados: “Espero que te vaya bien, pero nunca también. Solo lo suficiente, pero jamás al cien. Que te duela hablar de mí, de lo bueno que fue“. Y cuando la rabia se torna crónica, llega el golpe seco de la decepción cotidiana: “Según me dijiste que no tenías tiempo, que no era el momento, que enfocarte en ti era lo mejor. Pasó una semana y subiste a tu historia a otro vato. Chale, ahora todo encajó“.

¿Cómo no encontrarse –y perder al otro– cuando las canciones se convierten en arquetipos de algo tan común y, al mismo tiempo, tan personal? Al final, todos somos protagonistas de nuestra propia telenovela: una telenovela con soundtrack incluido.

 Las canciones no solo trazan el mapa de nuestro dolor, sino también de aquello que queremos sentir y en lo que deseamos transformarnos. Son el eco de nuestras mayores expectativas como sobrevivientes de un corazón roto: So don’t bother, I won’t die of deception. I promise you won’t ever see me cry. Don’t feel sorry. Don’t bother, I’ll be fine —una promesa de entereza que a veces se siente más como consuelo que como certeza.

Otras veces, son revelaciones que alivian el peso del fracaso emocional y nos devuelven la perspectiva: Aquí estoy pensando en por qué no funcionó. Si todo se fue a la mierda o tal vez fui yo. La que no fue suficiente, me creíste una demente. Hasta que me di cuenta fuiste el error —y en ese momento, entendemos que a veces soltar duele menos que quedarse: “Y me da vergüenza conmigo. Mendigar amor si no me quieres [..] estoy cansada, harta, me siento estúpida y quiero escupirte en la cara. Me voy, me pierdo...”

Hoy no quiero olvidarte. Perdón, yo voy a stalkearte. A ver que más subiste pa’ ponerme aún más triste.

La paradoja del amor radica en el equilibrio entre el anhelo de seguridad que surge al elegir a alguien y la búsqueda de libertad que nace de nuestra individualidad. En ese vínculo, el deseo de una conexión profunda entra en conflicto con la necesidad de autonomía e independencia. La autora expone cómo el amor, por su propia naturaleza, puede ser a la vez liberador y opresivo: una fuente de expansión emocional que, paradójicamente, también puede encerrarnos en dinámicas de dependencia, celos y pérdida de identidad. El corazón roto es el precio inevitable de haber amado. Como señala Paris, no es solo una herida emocional, sino también una crisis biológica que reconfigura nuestro cerebro. El duelo amoroso no se resuelve ignorando el dolor, sino enfrentándolo, porque en el sufrimiento yace una oportunidad evolutiva: un “salto evolutivo” que nos transforma. 

Romper con alguien implica desprenderse de la idealización de quien se ama. Es un proceso de crear nuevos símbolos y metáforas que nos ayuden a comprender nuestro dolor y nuestra situación. Mi más reciente metáfora en terapia: “Yo lo percibía como una hermosa esclava de oro: una joya que, aunque no necesitaba, deseaba profundamente. Sin embargo, por más que intentaba ajustarla a mi muñeca, nunca lograba cerrarla del todo. No necesitaba esa esclava, pero la quería tanto que, al forzarla para que encajara, terminé por lastimarme.

Recordaré todo lo que hicimos, lo que un día nos prometimos, las noches que nos comimos y soñar sin dormir.

Una de las creencias más populares sobre el proceso de recuperación tras un corazón roto es que sigue la estructura propuesta por Elizabeth Kübler-Ross: ira, negociación, depresión y aceptación. Sin embargo, aunque esta idea resulta seductora —tan ordenada, tan cómoda—, es importante recordar que Kübler-Ross no hablaba del duelo amoroso, sino del proceso emocional ante la propia muerte. El desamor, en cambio, rara vez se pliega a fórmulas tan claras. En contraste, Ginette Paris ofrece una mirada más cercana a la realidad del corazón roto, compuesta por cuatro etapas: adormecimiento, añoranza, desorganización y reorganización.

El adormecimiento es la respuesta inicial al golpe: una insensibilidad que protege del impacto, donde todo parece lejano, amortiguado. Después llega la añoranza, ese deseo profundo y casi irracional de recuperar lo perdido, donde la memoria insiste en buscar señales y el pasado se convierte en refugio y tormento. La tercera fase, la desorganización, es quizá la más difícil: el caos emocional se adueña de los días, el cuerpo acusa el dolor con insomnio y angustia, y el mundo parece perder su sentido. Pero, finalmente, aparece la reorganización: no como olvido, sino como integración. El dolor se convierte en una parte más del relato personal, y desde sus fragmentos se construye una nueva forma de estar en el mundo.

Este recorrido, que parece solo teoría, cobra vida de forma elocuente en la serie El tiempo que te doy, donde el tiempo se convierte en la metáfora del duelo. Lina, la protagonista, atraviesa su ruptura con Nico mientras la narrativa misma refleja su proceso: cada capítulo dura 11 minutos, donde pasado y presente se reparten el espacio. En el primero, solo un minuto es presente —el dolor inmediato de la ruptura— y diez pertenecen al pasado —los momentos felices ante el inicio de una relación—. Con cada episodio, la proporción cambia: nueve minutos de memoria y dos de presente, luego ocho y tres, y así hasta que, finalmente, el presente ocupa casi todo el espacio.

En este tránsito, Lina recorre las etapas que describe Ginette Paris. El adormecimiento, donde sobrevive más por inercia que por voluntad: seguro vamos a regresar. La añoranza, donde el pasado pesa más que el presente: busco un departamento con horno porque Nico usaba el horno. En la desorganización, la vemos perdida, con llantos constantes y aislamiento casi involuntario. Estar con alguien más se siente como una traición a quien ya no está. Pero el tiempo, lento y constante, permite que emerja la reorganización. Lina no solo supera la ruptura: se encuentra a sí misma y el pasado pesa menos. Como sugiere Paris, da ese salto evolutivo que no consiste en olvidar, sino en aprender a convivir con la herida cicatrizada. La soledad deja de ser una condena para convertirse en compañía, y el futuro, antes difuso, se abre a nuevas posibilidades. No es un final feliz, sino algo más profundo: la certeza de que, tras el dolor, es posible seguir adelante, transformado y, de algún modo, completo.

Una lección que se encuentra en la serie y el libro de Paris es que sanar un corazón roto exige dos elementos contradictorios: la soledad y la compañía. Por un lado, la soledad es esencial: en su silencio, uno enfrenta el dolor y escucha las enseñanzas que emergen del sufrimiento. Por otro lado, la compañía sostiene y acompasa el duelo: en la palabra compartida y el calor de una presencia, se hallan alivio y perspectiva. El equilibrio entre ambas es crucial. El exceso de soledad conduce al aislamiento, donde la tristeza y el resentimiento echan raíces. En cambio, evitar la soledad, refugiándose solo en distracciones, impide procesar el dolor y extraer las lecciones profundas que emergen en el diálogo íntimo con uno mismo.

Las mujeres ya no lloran, las mujeres facturan.

Terminar una relación no solo significa perder a alguien; implica también perder una parte de nosotros mismos. Un corazón roto destruye más que un vínculo: desmantela la identidad que construimos junto a la otra persona. Esta “muerte del yo” es dolorosa, pero encierra, paradójicamente, la posibilidad de una renovación profunda.

Entre las emociones que acompañan este proceso, el enojo ocupa un lugar crucial. Lejos de ser una emoción negativa que deba reprimirse, es una fuerza movilizadora capaz de romper la parálisis emocional provocada por el dolor. Paris señala que es natural sentir ira, ya sea hacia la expareja o hacia uno mismo. Sin embargo, advierte que el verdadero peligro surge cuando el enojo se enquista y se convierte en amargura o resentimiento crónico.

Es importante permitir que el enojo fluya y se exprese, pero también de saber transformarlo en una energía constructiva. No se trata de quedarse atrapado en la furia, sino de usarla como un impulso hacia el crecimiento personal. El enojo no es el final del proceso, sino un tránsito necesario: una etapa que, bien atravesada, conduce hacia la aceptación y la reorganización emocional.

En el mercado global de las emociones, Shakira es accionista mayoritaria. Con su más reciente álbum, Las Mujeres Ya No Lloran, convierte el duelo en espectáculo y el enojo en himno colectivo. Su nuevo trabajo no es solo un ajuste de cuentas sentimental, sino un archivo de la cultura pop donde el dolor se corea y la herida se baila. Aquí, el desamor tiene su banda sonora: un viaje que inicia en la grieta y termina en la reinvención.

Cada canción del álbum encarna, a su modo, una de las etapas que describe Ginette Paris. Con Copa vacía, Monotonía y Entre paréntesis, se relatan las primeras fisuras del amor: ese instante en que se siente el frío de enero en pleno verano, porque si el amor se nota, cuando ya no se ama, se nota más.

Luego irrumpe la ira, esa fuerza cruda que domina gran parte del repertorio: El JefeTe Felicito y, por supuesto, la famosa Sesión 53 con Bizarrap, convertida en pesadilla del exfutbolista y su compañera, quien, claramente, ya sabe que no habrá indulgencia para la infidelidad: “Una loba como yo no está pa’ tipos como tú. A ti te quedé grande y por eso estás con una igualita que tú”. En TQG, el enojo se transforma en combustible para la reinvención: “Tú te fuiste y yo me puse triple M: Más buena, más dura, más level”. Aquí, la rabia no destruye: propulsa.

Las canciones que siguen transitan entre la aceptación y la reconstrucción, con inevitable nostalgia por lo que fue: La FuerteTiempo sin verteCómo, dónde y cuándoAcróstico y Última. En estas piezas, el dolor se convierte en memoria, y la memoria, en cimiento para una nueva versión de uno mismo. La reorganización también implica redescubrir el placer de estar con uno mismo, resignificando rincones y alegrías. Con Soltera, se celebra la dicha de la independencia, porque amar de nuevo solo es posible cuando se aprende a ser soltero.

Finalmente, PunteríaCohete y Nassau cierran el ciclo con la aceptación de que el amor puede volver, renovado y consciente: “Yo que había prometido que nunca más volvería a querer, apareciste tú a sanar las heridas que dejó aquel”. Porque al igual que la tristeza provocada por un corazón roto, la alegría ante un nuevo amor también puede reinventarse.

En este álbum, Shakira hace del desamor un viaje completo: del naufragio a la costa, del dolor al aprendizaje. Un recorrido que, como toda buena crónica, es personal y colectiva a la vez.

Cierren telones, pero no cierren corazones

Paris cierra su libro con la metáfora de Alegría y Dolor, dos sacerdotisas gemelas que custodian la puerta de nuestra vida interior: Alegría defiende el amor porque sin él no podría existir, mientras que Dolor enseña su necesidad, pues sólo en su ausencia lo valoramos. Un corazón roto no es, por sí solo, un boleto a la transformación ni una llave mágica para liberarnos de los patrones que arrastramos de relación en relación. Puede ser una oportunidad, sí, pero sólo si se acompaña de un trabajo honesto y profundo.

Porque, seamos sinceros, ¿cómo es posible que siempre aparezcan personas que nos hagan sufrir, como si todas hubieran memorizado el mismo manual? Tal vez el problema no esté en ellas, sino en nosotros, en esos pensamientos, emociones y conductas que nos empujan a repetir el mismo guion. Y quizá ni siquiera hemos tenido el valor de reconocerlo.

La verdadera recuperación nace de un deseo genuino de sanar, no de alimentar al ego con promesas de revancha o superación ruidosa. Lo que importa no es superar al otro, sino entender por qué duele, qué parte de nosotros ha sido herida y cuál es la que necesita reinventarse.

En una de mis más recientes sesiones con mi terapeuta, escuché una frase que me resonó profundamente: “Cuando una relación termina, se destapa la cloaca de nuestras inseguridades y patrones desadaptativos”. La lección de Paris y de la terapia converge en un mismo punto: no se trata de regresar a quienes fuimos, sino de transformarnos en alguien nuevo.

Sanar de un corazón roto es abrazar, al mismo tiempo, la alegría y el dolor que trae el amor. Y ante ese sentimiento, tan vasto como inevitable, no queda más que tomar una decisión: tomarlo o dejarlo.

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I’m Uriel González-Bravo

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I’m a Ph.D. student in Cognitive Psychology at Rutgers University. You can find my reflections on various cognitive and behavioral sciences topics, book reviews, and even life thoughts here. My background is in experimental analysis of behavior and cognitive sciences, so you’ll find topics as diverse as my academic interests: visual perception, temporal perception, statistics, behavioral economics, and more. I hope you enjoy and learn from my writings.

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